El día transcurre tranquilo entre movimiento y movimiento, incluyendo la tradicional subida de escaleras a medio día y terminamos en las siete estrellas. Ya nos quedamos a nada de terminar la forma (no me lo puedo creer). Después de la clase decidimos ir a cenar comida española. El único restaurante español que conocíamos era uno que también servían comida mexicana, china y japonesa, así que no estaba demasiado convenido pero pensaba darle una oportunidad. Afortunadamente Tony nos contó que él había estado en una Taberna española que tenía muy buena comida. Cuando llegamos allí, resulta que era una taberna Vasca especializada en pintxos… todavía se me saltan las lágrimas al recordarlo. La dueña y cocinera se llamaba Josune (evidentemente con denominación de origen) y estuve un rato charlando con ella antes de empezar la cena. Para beber, un verdejo que me supo a gloria (dos botellas) y para comer… ¡Vete sacando pintxos hasta que digamos basta! Tortilla de patata, pimientos del piquillo rellenos de bacalao, jamón como Dios manda y no esa guarrería cocida, anchoas con alcaparras, solomillo con manchego, chistorra, champiñones al ajillo, espárragos de Navarra con vinagreta… Una sinfonía de sabor al paladar que hizo las delicias de todos los presentes.
Me quedé con las ganas de croquetas pero Josune me contó que no tienen mucha salida en México y que se acaban echando a perder. Al despedirnos, me preguntó si volveríamos antes de regresar a casa y le dije que por supuesto, pero si nos hacía croquetas ¿De que las quieres, de bacalao, de jamón,…? Lo que nos prepares será perfecto. Así que tenemos una cita, gastronómica, por supuesto.






